Una tarde de invierno, mientras mi padre trabajaba lejos de casa, como era de costumbre en esa temporada del año, me dirigí al campo junto con mi hermano, Alejandro. Los dos íbamos montados sobre un burro testarudo que solo obedecía a los mayores de la familia.
Yo era apenas un niño, así que poco podía hacer además de seguir a Alejandro entre los sembradíos mientras él arrancaba hierbas secas de la tierra. Caminé detrás de él durante horas, hundiendo mis pies en el pasto frío, hasta que el cansancio comenzó a pesarme.
—¿Estás cansado? —me preguntó.
—No mucho.
—Descuida, ya casi nos vamos. Falta poco.
Sus palabras me tranquilizaron.
Antes de salir, mi madre había envuelto un par de huevos cocidos en una servilleta y me los había guardado en el bolsillo del pantalón. Siempre encontraba una manera de cuidarme, incluso cuando no estaba cerca.
Mientras Alejandro terminaba las labores, me senté a descansar. Recuerdo haber contemplado la tarde con una paciencia que solo pude vivir en mi niñez: el sol escondiéndose entre los pastizales, las aves regresando a sus nidos y el aire enfriándose poco a poco.
Fue entonces cuando lo noté.
El burro testarudo estaba masticando mi zapato.
El único par que tenía. Y el último regalo de cumpleaños que mi mamá me había dado y que le había costado conseguir.
Alejandro me regañó un poco, aunque más por preocupación que por enojo.
—Creo que tiene hambre porque ya va a anochecer —le dije, viendo el agujero donde antes estaba la punta del zapato.
Por un momento pensé en volver así a casa, con un pie casi descubierto, pero imaginé la tristeza de mi madre al verme y preferí no hacerlo.
Alejandro se quitó los zapatos y quiso prestármelos.
No sirvió. Me quedaban muy grandes.
—Puedo ir montado en el burro —le dije—. Así vinimos.
Él negó con la cabeza.
—Aun así, mi mamá verá tus pies. Voy a conseguirte unos zapatos. Espérame aquí, no tardo.
—Bueno, aquí te espero.
Me acomodó entre un montón de paja para protegerme del frío y luego se marchó.
Al principio no tuve miedo. Pensé que Alejandro volvería pronto y que, al llegar a casa, mi mamá me recibiría con un vaso de leche tibia antes de dormir.
Pero la tarde comenzó a oscurecer y Alejandro no aparecía. Entonces pensé que quizá no necesitaba zapatos para volver, y que mi mamá entendería que el burro tenía hambre.
Salí de mi escondite y fue entonces cuando lo vi.
El campo entero había cambiado. Una manta blanca cubría el pasto hasta donde alcanzaba la vista... Estaba nevando.
Nunca antes había visto algo parecido.
La luna parecía orgullosa de aquel espectáculo y alumbraba el campo con más fuerza de lo normal, como si no quisiera perderse aquel milagro silencioso. Me quedé mirando cómo la nieve caía despacio, cubriendo el mundo de un blanco imposible.
Con el tiempo entendí que Alejandro probablemente no había podido regresar por mí el mismo día, ya que los caminos debieron volverse intransitables.
Esa noche, con las manos heladas y algunas cáscaras de huevo aún en los bolsillos, me quedé viendo el paisaje hasta quedarme dormido.
A la mañana siguiente, escuché una voz.
—Ten, ponte estos zapatos. No querrás pisar la nieve con esos pies, ¿o sí?
Era mi hermano, quien me ofrecía unos zapatos. Me los puse sin preguntar de dónde habían salido, pues lo único que quería era regresar a casa.
A nadie se lo conté, pero durante años, recordé aquella historia como la vez en que un burro hambriento arruinó mi zapato y, sin querer, me regaló el paisaje más hermoso que he visto en toda mi vida.